1 de octubre de 2013

Otoño.

Sentada en el sentido de la marcha, como raras veces desde que nací, mirando por la ventana del tren. el túnel está oscuro, sólo se adivinan los cables de colores. Una luz se atisba al final del túnel, y en lo que se cambia una canción ya estamos fuera. La luz blanca duele a los ojos. El rock suaviza mis oídos. El cielo, encapotado como en el trabalenguas, parece querer ahogarme el día. Así que empieza a llover improperios, como los de Jere, contra mi ventana. Y sólo entonces, cuando casi me convence de que es una mala tarde, una tarde gris, de las de quedarse en casa y no salir a mojarse, entonces y sólo entonces aterriza una gota fantasma en mi cara. Me acaricio la mejilla buscando algún rastro de agua de la que secarme o saciarme, como si de una lágrima se tratase, pero no hay nada. Está seco. Sin embargo, la sensación de una gota estrellada contra mi pómulo sigue intacta. Incluso imagino el curso que seguiría ahora ese pequeño fantasma, y la veo casi recorrer el resto de mi cara y lanzarse al vacío de mi cuerpo, sin paracaídas, sin saber en qué lugar exacto podrá aterrizar. Es entonces cuando sonrío. Cuando me sonrío a mí y al mundo, al cielo que me acecha y a ese fantasma que me ha devuelto la sonrisa del otoño que a mí me gusta.

Fum-arte.

fum-arte
a caladas
lento, saboreando(te)
fum-arte
dulce
con los ojos cerrados
fum-arte
los humos de tu piel
fum-arte
como si mañana se acabase el mundo.

28 de septiembre de 2013


Siempre nos quedó algo pendiente: tú
Salvarme de ti en otros labios.
Salvarme de ti en botellas de cerveza.
Salvarme de ti, contigo. Entre mis sábanas.
Salvarme de ti.
Yo no quiero salvarme de ti.
Ni salvarme contigo.
No quiero tener que salvarme.
Y eso es algo muy serio.

Flores muertas.

El otoño llega siempre con lluvia, para barrer la primavera de tus ojos
y las cervezas del verano.
El otoño llega siempre borrando(me) el horizonte
barriendo(me)  las aceras de tu cuerpo.
El otoño viene descolgando todas las horas de sonrisas, viene
mojando adoquines, inundando
las juntas de nuestras arrugas, creando
mares entre nosotros.
El otoño amanece un día en mi ventana
y te echa. De golpe.
Te arranca de mi árbol, como si fueses una hoja seca
antes viva, antes verde,
en una primavera de la que sólo queda...
nada.








El otoño llega,
como todos los años,
entre lluvia
y hojas rotas.






Somos una maldita agridulzura. Siempre bien. Siempre mal. Siempre medias tintas entre tú y yo. Siempre a medios mares. Nunca bien. Nunca mal. Siempre y nunca. Eso somos nosotros dos: los opuestos de la agridulzura.

24 de septiembre de 2013

- Veo que has tenido un desengaño.
- ¡Eh, no te las des de lista!. Ni si quiera me conoces.
- A ti no, pero a los desengaños sí. Y esos tienen siempre la misma cara.
- ¿Y qué pretendes?, ¿qué quieres?
- Calmarte con caricias.
- Tú no puedes curarme. Tengo que curarme yo solo.
- Sí, eres tú el que tiene que curarte. Yo solo he venido a calmar tus heridas. ¿Me dejas?